Nuestras vidas valen más que sus ganancias

21.Nov.08 :: Editoriales

Editorial correspondiente al CONSTRUYENDO Nº34 de noviembre de 2008
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Saltaron todas las alarmas del “capitalismo global”. La crisis y la recesión en los países imperialistas ha estallado. Mientras que miles de miles de millones de dólares se “esfumaron” en pocas semanas. Ante la hecatombe, los Estados y sus Bancos Centrales se apresuran a “tomar medidas”, interviniendo en “los mercados”. Pero esa intervención que se disfraza de “regulación” ya sabemos a que apunta: al salvataje de bancos y empresas a costa de hipotecar el dinero público -el de trabajadores y jubilados- mientras los gerentes que han organizado la estafa financiera se van a sus casas con sumas millonarias. Una prueba más de que el mundo está gobernado por canallas, parásitos, irresponsables y ladrones.

Para la clase trabajadora la crisis no es nueva. Viene de lejos. Mejor dicho, es permanente. La carestía, los recortes salariales, el desempleo y subempleo, la pobreza masiva, las carencias en salud, vivienda, educación. La vida para la mayoría de los asalariados se rige por la “escasez”, un término menos deprimente que “sobrevivencia”. No obstante este drama, no existen para el pueblo trabajador exoneraciones tributarias, ni subsidios, ni tampoco rescates. En el capitalismo siempre ganan los mismos, los ricos, mientras el resto, nosotros, los de abajo, pagamos las cuentas de su desenfrenada carrera por la ganancia.

Aunque las Bolsas del mundo hayan tocado fondo, aunque los economistas profesionales digan que ya han pasado los cimbronazos más fuertes, hay una opinión generalizada que lo peor - para las clases explotadas - está por venir. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) por ejemplo, prevé un aumento inmediato del 10% del desempleo mundial, afectando sobre todo a las regiones más pobres del mundo. Ya empezaron los despidos masivos, y en muchos países las empresas ponen en práctica el llamado “desempleo técnico”, con centenas de miles de trabajadores en los seguros de desempleo.

En Uruguay se adelantaron. En apenas dos meses más de 3.000 trabajadores de la industria fueron enviados al seguro de paro (frigoríficos, textiles, curtiembres, calzado, citrícola, vestimenta). Hasta Funsa, ese emblema de la “cooperación entre trabajo y capital”, mandó a 250 obreros para sus casas. Los próximos pasos de esta ofensiva capitalista se pueden adivinar: expropiación salarial; intensificación de la “productividad” (sobreexplotación); despidos para “bajar los costos” empresariales; reducción del poder de compra del ingreso de los hogares (que cayó un 4,1% en agosto); recorte de derechos sociales; restricciones del crédito forzando aún más el subconsumo popular; y sobrecargas impositivas al salario. Lo que tendrá graves consecuencias para la clase trabajadora y las capas populares más empobrecidas.

Aprovechando la crisis, los patrones buscan obtener una mayor “porción del valor agregado”. En perjuicio de los trabajadores. En el lenguaje marxista, esto es un aumento de la tasa de plusvalía, o sea, una agravación de la tasa de explotación. A fin de debilitar la capacidad de lucha de los trabajadores en defensa del salario, del empleo, de sus condiciones de vida, el capital recurre al medio masivo y más clásico para quebrar la solidaridad de clase: exacerbar la competencia entre los trabajadores. Competencia que, según Marx en el Manifiesto Comunista, es la base misma de existencia del capitalismo: “La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital. La condición de existencia del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de obreros entre sí”.

Trabajadores “estables” contra “informales”, trabajadores “pobres” contra “privilegiados”, trabajadores públicos contra privados. A esto conduce la competencia entre los trabajadores por el reparto de la menguada masa salarial y por el empleo escasamente disponible. En tales condiciones, la acción de los sindicatos (sean “conciliadores” o radicales”) concentrada exclusivamente en demandas sectoriales y “corporativas”, se vuelve una trampa fatal. Porque de no haber una reacción de conjunto y rápida de los trabajadores, se puede dar un momento de perplejidad, temor y parálisis que impida una resistencia amplia y organizada. En tal caso, las relaciones de fuerzas se volcarán, decisivamente, a favor de las clases propietarias.

En medio de esta guerra (de clases), el gobierno “progresista” juega del lado patronal. Por lo pronto ya incluyó, vía decreto, cláusulas de “salvaguardia” a favor de los empresarios en los Consejos de Salarios. Mientras que negó el “gatillo” reclamado por el PIT-CNT. Es que la “rentabilidad” de los dueños del capital pesa mucho más en la ecuación del “país productivo”. Sobre todo en tiempos de crisis, hasta que “el crédito y la confianza se restablezcan en los mercados”, como afirma el ministro de Economía Alvaro García. Ninguna diferencia con el más fundamentalista de los neoliberales.

Patrones y gobierno juegan la carta del chantaje. Agitan - a través de los medios de reproducción ideológica - el “fantasma” del 2002. Y anuncian lo peor si las demandas sindicales y populares no entran en el callejón sin salida de la “prudencia”. A las clases dominantes y al gobierno solo les preocupa una cosa: asegurar la “paz social”. En otras palabras, disciplinar a la fuerza de trabajo. Para continuar con la explotación.

Nuestro desafío, el de los de abajo, el de la izquierda revolucionaria y el sindicalismo clasista, es hacer que esta crisis no termine como otras. Esto empieza por decir que ¡nuestras vidas valen mucho más que sus ganancias! ¡que el precio de la crisis se pague de los bolsillos burgueses! Y que el único compromiso que asumimos es luchar por un programa revolucionario y anticapitalista. Un programa de lucha contra los despidos y los envíos al seguro de paro; por trabajar menos para que trabajemos todos; por la expropiación - bajo control de los trabajadores - de los bancos y las grandes empresas capitalistas “nacionales” y extranjeras; por la reforma agraria radical; por la ruptura con el FMI y demás instituciones financieras internacionales; contra el pago de la deuda externa.

Un programa que, en resumidas cuentas, vuelva a colocar la lucha contra la propiedad privada y ponga nuevamente en agenda la planificación de la economía. Es decir, un programa cuyo horizonte es el socialismo. Donde los únicos productores de la riqueza social, los trabajadores, sean quienes controlen los medios de producción. Mal que le pese a Julio Baraibar, director emepepista del ministerio de Trabajo, quien afirma: “si en este momento le entregáramos los medios de producción a los trabajadores, fundiríamos el país.” (Crónicas Económicas, 10-11-08). Por el contrario don Julio, el país está fundido porque siempre lo gobernaron (y lo gobiernan) los dueños del poder y del dinero, ahora en sociedad con aquellos que, como usted, renegando a la dignidad de los que luchan, decidieron venderse al bando de los canallas, parásitos, irresponsables y ladrones.

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