Capitalismo: Cuando todo lo sólido se desvanece en el aire

El capitalismo solo puede vivir cambiando las condiciones mismas de su existencia, al costo que sea. Es lo que vuelve a confirmarse con la actual crisis económica a escala mundial. En el primer capítulo del Manifiesto Comunista, Marx y Engels intentaron resumir esa “creación destructiva” del capitalismo, incapaz de encontrar nunca otro equilibrio que el del ajuste, que sintetizan las recesiones, con una frase profética: “Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y el hombre finalmente se ve obligado a afrontar sin ilusiones las condiciones reales de su existencia y sus relaciones con sus semejantes”.



UNA CRISIS DEVASTADORA

Robert Brenner *

La actual crisis puede transformarse en la más devastadora desde la Gran Depresión (1929). Manifiesta problemas profundos no resueltos en la economía real que han sido literalmente disimulados durante décadas por medio del endeudamiento, así como una escasez financiera en el corto plazo de una profundidad nunca vista desde la segunda guerra mundial. La combinación de la debilidad de la acumulación de capital subyacente y la crisis del sistema bancario es lo que hace la caída tan inmanejable para los gobernantes y tan seria su potencialidad de producir un desastre humano. Es la primera señal de lo que significa una crisis capitalista.

El alza histórica de los mercados financieros en los años ‘80, ‘90, y 2000 - con su transferencia de ingreso y riqueza al uno por ciento más rico de la población - distrajo la atención del debilitamiento de largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. El desempeño económico en los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, según virtualmente todos los indicadores estadísticos - crecimiento de la producción, inversión, empleo y salarios - se ha deteriorado, década tras década, ciclo económico tras ciclo económico, desde 1973.

Los años desde el comienzo del presente ciclo, que se originó a comienzos de 2001, han sido los peores de todos. El crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) en los Estados Unidos ha sido el más lento para cualquier intervalo comparable desde fines de los años ‘40, mientras que el aumento de nuevas plantas y equipamiento y la creación de empleos han estado un tercio y dos tercios respectivamente por debajo del promedio de posguerra. Los salarios horario reales para la producción y trabajadores no supervisores, alrededor del 80% de la fuerza de trabajo, estuvieron prácticamente planchados, languideciendo alrededor de su nivel de 1979.

La expansión económica tampoco ha sido suficientemente fuerte en Europa occidental o Japón. La caída del dinamismo económico del mundo capitalista avanzado está arraigada en un descenso muy importante de la rentabilidad, causado en primer lugar por una tendencia crónica a la sobrecapacidad en el sector manufacturero mundial, que data de fines de los años 1960 y principios de los 70. Hacia el año 2000, en Estados Unidos, Japón y Alemania, la tasa de ganancia en la economía privada tuvo una recuperación, pero en el ciclo de los ’90 no subió más que en el de los ’70.

Con la reducción de la rentabilidad, las firmas tuvieron menores ganancias para agregar a sus plantas y equipamientos y menores incentivos para expandirse. La continua reducción de la rentabilidad desde los años 1970 llevó a una caída sostenida en la inversión, como proporción del PBI, en las economías capitalistas avanzadas, así como reducciones graduales en el crecimiento de la producción, medios de producción y empleo.

La prolongada declinación en la acumulación de capital, así como la contención de los salarios por parte de las corporaciones para restaurar sus tasas de retorno, junto con los recortes del gobierno en el gasto social para reforzar las ganancias, han llevado a una caída en el crecimiento de las inversiones, el consumo y la demanda del gobierno, y por lo tanto en el crecimiento de la demanda de conjunto. La debilidad de la demanda agregada, consecuencia en última instancia de la reducción de la rentabilidad, ha constituido la principal barrera al crecimiento en las economías capitalistas avanzadas.

Para contrarrestar la persistente debilidad de la demanda agregada, los gobiernos, encabezados por el de Estados Unidos, no han tenido más alternativa que emitir volúmenes cada vez mayores de deuda, a través de canales cada vez más variados y barrocos, para mantener funcionando la economía. Inicialmente, durante los 70 y 80s, los estados se vieron obligados a incurrir en déficits públicos cada vez mayores para sostener el crecimiento. Pero si bien esto mantuvo la economía relativamente estable, esos déficits también la llevaron al estancamiento: en la jerga de esa época, los gobiernos progresivamente recibían menos, y era menor el crecimiento del PBI por cada aumento del endeudamiento (…)

* Robert Brenner, historiador y economista, miembro de la revista New Left Review (Gran Bretaña). Autor, entre otras obras, de un monumental estudio sobre el capitalismo en el siglo XX, “Turbulencias de la economía mundial” (Ediciones LOM, Chile 1999). El texto que publicamos es un extracto de su análisis sobre la actual crisis financiera que apareció en Against the Current Nº 132 (Detroit, enero-febrero 2008), revista de Solidarity, organización de la izquierda anticapitalista de Estados Unidos. Traducción del sitio web del Partido de los Trabajadores Socialistas (Argentina).

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LA ILUSION DEL “DESACOPLE”

Jorge Beinstein *

En la última reunión del Foro de Davos se discutió mucho acerca del posible “desacople” entre los Estados Unidos y las otras potencias industriales que tomarían de ese modo distancia del naufragio de su hermano mayor. Hasta hoy la globalización era presentada por la propaganda neoliberal como una trama de la que nadie podía escapar, ahora sin mayores explicaciones se afirma lo contrario, la red global permitiría al parecer salir del desastre a una amplia variedad de países, dirigentes y comunicadores de algunas economías desarrolladas las incluyen en la lista de sobrevivientes (…) Pero resulta que –para desgracia de los neoliberales– los neoliberales tenían razón: las interdependencias económicas mundiales son tan densas que como lo estamos comprobando a diario no hay manera de desconectar los sacudones estadounidenses (bancarios, bursátiles, etc.) del funcionamiento financiero internacional (…) La recesión estadounidense ya afecta a Japón estrechamente asociado a la superpotencia en los niveles comercial, financiero, político–militar, etc. Japón y los Estados Unidos compran el grueso de las exportaciones industriales de China, columna vertebral de su prosperidad económica, que por otra parte acumula más de 1,4 billones de dólares y papeles dolarizados en sus reservas y es atravesada por varias burbujas (bursátil, inmobiliaria, etc.).
Estas interrelaciones planetarias del capitalismo han sido a veces explicadas en términos de “estafa” de la superpotencia al resto del mundo que durante un largo período le ha estado suministrando bienes y capitales a cambios de papeles de valor decreciente, ello le había permitido al Imperio consumir y hacer guerras muy por encima de sus posibilidades productivas (…) Pero la realidad es menos simple, el mercado norteamericano ha sido el espacio decisivo para la colocación de mercancías y excedentes de capitales del resto del mundo. Gracias a su capacidad de absorción (apuntalada por el conjunto del capitalismo global) las burguesías de Europa, Asia y de otros continentes pudieron realizar operaciones especulativas, inversiones productivas y exportaciones sin los cuales sus prosperidades hubieran sido imposibles (…) Las clases dirigentes de China, India, Japón o Europa no fueron estafadas ni coaccionadas para que le cedieran bienes y capitales a la superpotencia… sólo estaban sosteniendo a su principal cliente con créditos y precios accesibles.
Se trata de una trama internacional muy compleja en cuya cúspide se encuentran las elites dirigentes de los Estados Unidos y numerosos países ricos y pobres mientras que en la base se agolpan los excluidos y trabajadores superexplotados de la periferia y una creciente masa de empobrecidos de las naciones industrializadas. El resquebrajamiento de ese pilar central hace ahora tambalear al sistema mundial. El discurso acerca del ascenso del capitalismo periférico en tanto futuro líder del mundo aparece como la componente tragicómica de la ilusión del “desacople”. Los dirigentes chinos, por ejemplo, proseguirían su enriquecimiento vertiginoso (tal vez un poco más suave) aunque no se sabe muy bien como lo harían si se hunden los mercados norteamericano y japonés. India y Brasil marcharían por un camino similar con sus burguesías transnacionalizadas tal vez haciendo negocios Sur–Sur y tras ellos una variada serie de países subdesarrollados. La sombra de la recesión cubriría a las llamadas “economías desarrolladas” (en grueso encuadradas en la OCDE), que representaron en 2007 casi el 70 % de la importaciones mundiales mientras numerosos países del resto del mundo, vaya uno a saber gracias a que milagro, se salvarían del desastre. No olvidemos que los más dinámicos y grandes de los mismos basan su crecimiento en la expansión de sus exportaciones… preferentemente dirigidas hacia las naciones ricas.
La fábula no solo es inconsistente desde el ángulo del comercio internacional sino que lo es también (mucho más) cuando enfocamos la composición y comportamiento de estas burguesías periféricas, transnacionalizadas, sumergidas hasta el cuello en las burbujas financieras globales, buena parte de ellas atrapadas por la cultura del corto plazo (el estilo de vida de los especuladores), educadas en la rapiña y superexplotación de sus propios países. Mundializan sus excedentes financieros ante la “estrechez relativa” de sus mercados locales e incluso regionales (desde el punto de vista de sus expectativas de altas ganancias) o bien empujados por la “necesidad” de extender sus intereses al interior de tramas empresarias globales de las que forman parte o incluso a veces ante la posibilidad de abastecer a las clases privilegiadas de sus propios países a partir de firmas o marcas extranjeras “de prestigio”. Estas burguesías son la antítesis viviente de lo que los optimistas del “desacople” y de la recomposición periférica del capitalismo pueden imaginar como clases dirigentes medianamente estables y portadoras de proyectos productivos y comerciales autónomos (“nacionales”) de largo plazo.

* Jorge Beinstein, economista marxista argentino. Extracto de un artículo publicado en el sitio web de ALAI-América en Movimiento, bajo el título “En el comienzo de la segunda etapa de la crisis global” (febrero 2008).

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BAJA UNIVERSAL DE LOS SALARIOS

Michel Husson *

La crisis inmobiliaria que se inició en EEUU, se fue transformando en una crisis bancaria y, finalmente, en una crisis capitalista en su forma más “pura”.

Los bancos fabricaron cajitas sorpresas (la titularización) colocando allí los créditos dudosos, particularmente, en las familias norteamericanas pobres, a través de los sub-prime (préstamos llamados de “riesgo”, otorgados a hogares de “solvencia frágil”), engañando de esta manera a esos deudores. La quiebra provocó una pérdida de confianza generalizada sobre el valor de esos títulos, de los cuales nadie conoce verdaderamente su composición. Todo esto es, evidentemente, resultado de unas finanzas desenfrenadas. Pero ¿qué es los que permitió, en el fondo, éste fenómeno de la financiarización?

Si pretendemos seguir el consejo de Marx en el sentido de no tomar apenas la superficie de las cosas, la respuesta se encuentra en la baja universal del peso de los salarios. Es decir, en el aumento de la tasa de explotación. En todo el mundo, la parte de las riquezas que los trabajadores (productores de esas riquezas) reciben, viene cayendo desde hace por lo menos 20 años. Este es un hecho establecido y reconocido, desde el FMI hasta la Comisión Europea.

¿Cuál es la relación entre ésta caída de los salarios con la financiarización? Es la siguiente: la plusvalía que aumenta más de prisa que el ingreso nacional, no es invertida como antes, y la contrapartida de la baja de la parte salarial es por tanto un crecimiento rápido de plusvalía acumulada. ¿Qué ocurre entonces? Es distribuida entre una pequeña camada de propietarios y seudo-asalariados (accionistas, gerentes, ejecutivos, etc.) con el objetivo de recolocar esa plusvalía para hacerla fructificar de nuevo. De allí, la existencia de una enorme superabundancia de liquidez y de capitales financieros que reivindican beneficios cada vez más extravagantes.

Luego de algún tiempo, las finanzas se autonomizan, dicho de otra forma, se desarrollan según su propia “lógica”. Olvidan que el volumen del valor disponible depende del grado de explotación y que este no puede, a pesar de los esfuerzos de los capitalistas, crecer de forma exponencial. Las crisis financieras son, por consiguiente, manifestaciones periódicas de la ley del valor. Después de las ilusiones de la “nueva economía”, son las ilusiones de los “nuevos productos financieros” que acaban por desaparecer en el humo de las pérdidas bancarias (…)

En cuanto a los Bancos Centrales, ellos no dudan en trabar la economía aumentando las tasas de interés cada vez que surge la amenaza de un aumento “excesivo” de los salarios. Ninguna piedad para los proletarios. Pero cuando surge el riesgo de una crisis financiera, no dudan un instante en inyectar masas enormes de liquidez para sacar de apuros a los bancos en dificultades. Dos pesos, dos medidas: los Bancos Centrales son, en definitiva, instrumentos de gestión de los intereses de las clases propietarias.

La naturaleza de clase de los fenómenos de la financiarización (y de la crisis) deben ser mirados con claridad: el dinero que los propietarios del capital se juegan en el casino, es el que fue expropiado, más allá de cualquier límite, a los asalariados del mundo entero. Pero también son los trabajadores, quienes sufren las consecuencias de esta crisis: para disminuir las pérdidas de los propietarios, se hace necesario “sanear” la economía, trabando el crecimiento, aumentando las tasas de interés, y usando las perturbaciones actuales de la economía mundial como pretexto para bajar todavía más los salarios.

El capitalismo entró así en una zona de tempestades porque el frágil equilibrio de la economía mundial está hoy al borde de la ruptura. Estados Unidos difícilmente pueda financiar un déficit comercial abismal con el resto del mundo - o pretender reducirlo - gracias a la caída sin fin del dólar, sin que esto haga reventar las crecientes tensiones con China y Europa.

Estamos entonces, en la deriva de un capitalismo “puro”, liberado de sus cadenas, capaz de imponer un aumento ininterrumpido de la tasa de explotación. Pero que, al mismo tiempo, choca con su Talón de Aquiles. Para salir suavemente de la situación actual, sería necesario que las principales economías capitalistas se reorientaran hacia un aumento de la demanda salarial, lo que supondría un reparto de los ingresos más favorable a los asalariados. Pero como los capitalistas, gracias a la mundialización, disponen de una relación de fuerzas a su favor, no tienen ninguna razón para caminar espontáneamente por esa vía.

* Michel Husson, economista marxista francés, militante del movimiento “Actuar juntos contra el desempleo”. Integra el “Llamado de los economistas para salir del pensamiento único”. Autor de “Miserias del capital“ (Syros, 1996), “El ajuste del empleo” (Page deux, 1999), y “El gran bluff capitalista” (La Dispute, 2001). El artículo fue publicado bajo el título “Las raíces de la crisis” por la revista Regards (París, febrero 2008). Traducción de Ernesto Herrera.

Publicado en el Construyendo Nº 29 de marzo de 2008

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