Orfandad estratégica

Pasó el balotaje y ganó el Frente Amplio. Los “analistas” y sobre todo el olfato político coinciden: la mayoría de los votantes de Asamblea Popular apoyaron, el 29 de noviembre, a Mujica. Optaron por el “mal menor”. Podemos inferir que lo mismo ocurrió en otras fuerzas de la izquierda radical y del sindicalismo clasista.



Para nosotros, ganara quien ganara en el balotaje, se mantenía el horizonte de lucha y así lo manifestamos públicamente:
“En tiempos de crisis, de ataques al salario, de ofensiva patronal contra los derechos laborales, de fragmentación de las fuerzas socialistas revolucionarias, es imperioso presentar de forma unitaria una propuesta, capaz de construir una resistencia amplia que responda a las necesidades inmediatas de los asalariados y demás sectores sociales explotados, y que tenga claramente un perfil anticapitalista.” (Declaración del Colectivo Militante, 2 de octubre 2009)
Es cierto que en términos de dinámica de las luchas sociales y los potenciales aliados, el escenario no era el mismo fuera Mujica o Lacalle el presidente. No obstante, permanecía la necesidad de avanzar en un reagrupamiento de la izquierda revolucionaria. Como oposición de izquierda al progresismo gubernamental.

Es esta definición política la que, a nuestro entender, delimitó los campos en que se dividieron los votos de un núcleo muy importante de militantes de la izquierda revolucionaria. Entre los que finalmente se inclinaron por el “mal menor”, y los que sostuvieron, contra cualquier chantaje, la convicción de votar anulado.

Los motivos por los cuales no votamos a Mujica se ubican en el campo de la lucha, de la acumulación, de la modificación de las relaciones de fuerza. Es decir, en una cierta perspectiva estratégica.

¿Qué es lo que define ese campo para nosotros? Todas aquellas medidas que se orientan en un sentido anticapitalista, de abolición de la propiedad privada capitalista, que conduzcan al fin de la dominación de clase burguesa y por lo tanto de la acumulación de la riqueza en manos de las clases dominantes por medio de la explotación de los trabajadores.

El balance del gobierno progresista (y de su presidente electo) se ubica en las antípodas de estos objetivos. Veamos.

Las capas sociales más ricas de la población – que tienen un ingreso 20 veces mayor que las capas más pobres – se apropiaron del 55% del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), entre 2005-2008; se verificó una caída del 33% de la participación de la masa salarial respecto al producto bruto por habitante. Esto significa que, cada año, aproximadamente U$S 1.700 millones, que antes recibían los asalariados y sus familias, ahora son apropiados por otros grupos sociales. Es decir, los asalariados perdieron estos tres años U$S 5100 millones. Mientras tanto, la implementación del IRPF resultó en que de lo recaudado el 87,4% correspondan a “rentas del trabajo” y el 12,6% a “rentas del capital”. Conclusión: Un aumento brutal de la tasa de explotación en beneficio de las patronales.

Y podemos seguir. Una enorme transferencia de recursos y población de la salud pública a la privada para beneficio de la patronal médica.

La extranjerización y concentración de la tierra y de la producción agrícola; la desnacionalización de los frigoríficos, de la producción de soja, cebada, arroz, y de la industria alimenticia en general. Este proceso se aceleró sustancialmente en el gobierno progresista, con el senador Mujica como Ministro de Ganadería Agricultura y Pesca.

Finalmente, el pago puntual de la deuda externa, apertura a la inversión extranjera en empresas públicas, el desarrollo y profundización de las zonas francas, los tratados de “libre comercio”. Es decir, la puesta en práctica de las políticas recomendadas por las instituciones financieras internacionales que gestionan la mundialización imperialista.

El conjunto de estas políticas implican un programa y definiciones estratégicas, líneas de acción en el orden capitalista, contrarias a una “distribución de la riqueza” en favor de los explotados y oprimidos.

Frente a esta realidad indiscutible, se implantó la lógica del ¿“mal menor”?. Yo diría que se impuso (siguiendo a Ernest Mandel) la “dialéctica de las conquistas parciales”, que se expresa en una actitud defensiva de los trabajadores por conservar lo conquistado: “recuperación salarial” (sin llegar a los valores de 1998-2001); aumento del empleo (aunque el 40% de los nuevos empleos son de “mala calidad”); derecho y protección de la sindicalización; aumento de las jubilaciones; planes asistenciales focalizados (Panes, Equidad, Trabajo por Uruguay); Plan Ceibal; Fonasa; Hospital de Ojos. En fin, atenuación de la pobreza y la indigencia. Aunque 650 mil personas que eran pobres en 2005 lo siguen siendo en 2009.

Las “mejoras” no afectaron en nada la acumulación y reproducción capitalista. Más bien son una precondición para su continuidad y profundización. Una experiencia similar se vivió en el primer gobierno de Sanguinetti.

Arriba hay programa y estrategia. Abajo, en las fuerzas anticapitalistas, prima el tacticismo exacerbado. Y un “principismo” sin horizonte. Que, sin embargo, a la hora de definir el voto y enfrentar la presión que significa la “dialéctica de las conquistas parciales” - siempre efímeras - se entrevera en un campo gelatinoso. Como para volver a confirmar la orfandad estratégica que padecemos.

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Mario Pieri es integrante del Colectivo Militante por la Unidad de los Revolucionarios.
Publicado en Construyendo N.37 de diciembre 2009.

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