Arte y lucha de clases (Parte I): El realismo uruguayo

Del Realismo uruguayo existe una interesante investigación de Gabriel Peluffo Linari a propósito de la puesta en escena hace unos años, allá por la década del 90, de una muestra retrospectiva que comprendía el período de los años 30 al 50, momento crucial donde esta forma de expresar con la pintura y otras técnicas, tuvo su apogeo en su fase fermental.



A través de sus líneas se destacan las influencias parciales del muralismo mejicano, del realismo socialista soviético y de las orientaciones estéticas-políticas desarrolladas por ciertas agrupaciones de intelectuales. Coincide todo este movimiento con el coletazo de la crisis del 29 sobre nuestro país hasta el período inmediatamente posterior de la II Guerra Mundial, que trajo aparejado a este patio trasero de las potencias aliadas, cierto alivio y despertar económico (que bien poco duró).

No obstante todo parece indicar que fue un momento muy prolífico en expresión plástica, cuyas técnicas fueron desde el caballete al mural, el grabado y la escultura, pese a que tuvo la impronta de no lograr desprenderse hasta cierto punto del trabajo clásico, matizando en ocasiones con cierto dramatismo y las más de las veces complaciendo a los personajes o situaciones en una figuración “humanista”, romanticista.

Todo esto, desde ya, muy alejado de esa otra reinterpretación que realizó Juan Manuel Blanes, de un gaucho idealizado, de punto en blanco las más de las veces y un relato histórico demasiado prolijo, demasiado romántico, muy de acuerdo a las tendencias del realismo clásico europeo de Millet y compañía, pero a mi entender sin ninguna fuerza expresiva, muy acorde con las tendencias de los 1850 y pico.

Vamos entonces a lo nuestro. La llegada del muralista mejicano David Alfaro Siqueiros a Montevideo en 1933, fue un revulsivo para el momento. Hombre ligado al movimiento, que había reinterpretado, con Rivera y Orozco, entre otros, la rebelión indígena y popular de su país, en los muros. Estando además comprometido en carne propia en las luchas políticas desarrolladas hasta ese momento y en las por venir. Recuérdese su participación en la Revolución del 11; su afiliación más tarde (por los años que visita a nuestro país) al Partido Comunista; su compromiso con la España Republicana, posteriormente en el 36 estuvo al frente de una brigada de combatientes antifascistas; sus años de cárcel desde 1960 al 64 en su propio país, donde obligado por las circunstancias llega a trabajar en caballete (este es el instrumento donde se apoya un cuadro chico o mediano); para en medio de todo ello la concreción de majestuosos murales orientando a decenas de trabajadores, a veces a más de 100 estudiantes, en obras de alto contenido político de compromiso con la revolución propia e internacionalista.

Siqueiros sienta las bases aquí en Uruguay, de una agremiación de artistas llamada “Confederación de Trabajadores Intelectuales del Uruguay”, donde adhirieron Bernabé Michelena (escultor), Guillermo Laborde (pintor y escenógrafo), E. Lazaro y J. Verdié (escritor y pintor), L. P. Costigliolo (pintor), J. Marenales (escultor), N. Berdía (pintor) y otros. Editan primero “Aportación” y luego “Movimiento” de carácter antigubernamental y antifascista por propia definición. Esto da lugar luego a la formación de un movimiento más amplio creándose la “Agrupación de intelectuales, artistas, periodistas y escritores”, con publicación del mismo nombre.

Dice Peluffo Linari en las páginas 10 y 11 de la publicación ya citada que “las obras que de él derivaron (este movimiento del realismo nacional), no lograron alcanzar el temperamento combativo del paradigma mejicano, sino, en todo caso, cultivaron una melancólica mirada al paisaje humano regional. Predominó en ellas el tradicional tono intimista (aún en los casos de más explícita crítica social) como si en todos esos artistas hubiera existido un único discurso esencialmente lírico, hilvanando todos los estilos personales de abordar, pictóricamente, el “drama social”… “lo único que puede detectarse es una multiplicidad de visiones personales acerca del paisaje social y de la idiosincracia popular, a través de un arte realista que no desconocía lenguajes contemporáneos practicado en A. Latina, Estados Unidos, Alemania, Francia y la Unión Soviética”.

Acompasan estos movimientos de la época desde Brasil, Candido Portinari; desde Argentina, Molina Campos; logrando a mi entender, en las xilografías de Carlos González, Frasconi y Orlando, aquí, expresiones que se recuestan a cierto dramatismo; en tinta china y tinta y acuarela, desde J. Bravo hasta Julio “Peloduro” Suarez; no quedando muy claro un rescate en la pintura en tal sentido. Hay intentos en T. Bourse Herrera, Astapenco (muy recostado a la exaltación de la figura estilo Rivera y Siqueiros); Mazzey, Seade, que apelan a la reinterpretación de la historia como fuente inagotable de la plástica, manifestando… “¿que es lo que debemos pintar nosotros?, ¿el gaucho?, no!, ¿el fútbol?, no!, ¿ y entonces? La historia, la nuestra, y el muro… olvidando a Europa y empezando por ser modestos, la técnica vendrá sola…”

Creo que el mérito histórico de todo este movimiento es haber puesto esta preocupación de centro de interés de investigación vinculado con la realidad autóctona, en primer lugar. Valga la redundancia, el primer mérito consiste precisamente en ello, no eran ningunos volados y en este sentido comparto la opinión -sólo que la realzo y dignificándola la coloco como antecedente más próximo a las búsquedas de hoy-, de que después del modernismo y antes de las influencias tardías de las corrientes de posguerra, esta “edad media” del arte uruguayo, para nada es una etapa infructuosa y oscura de las artes plásticas nacionales (al decir de Peluffo Linari).

De tal forma lo que para algunos constituye una vergüenza –la temática social, atacándola por realismo socialista o panfletario-, para otros –donde nos incluimos-, es motivo de doble orgullo el sabernos parte integrante de este glorioso precedente y modestos continuadores de la causa de las artes plásticas que tengan origen en la temática social, reflejen su preocupación, modos de vida, sufrimientos, comportamientos, y sirvan de aliento o respaldo espiritual en sus luchas cotidianas y en su proyección estratégica.

Jorge Iannandrea es militante de COMUNA Mercedes (Soriano, Uruguay)

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Artículo publicado en el Construyendo Nº 38 de Febrero/Marzo 2010

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