ESpacio Votamos Luchar: Apuntes sobre la táctica de los revolucionarios frente a al proceso electoral.

EL DISCRETO ENCANTO DE LA INSTITUCIONALIDAD BURGUESA



Allá por 1920, polemizando con un sector de los comunistas alemanes que se negaban a participar de las elecciones al parlamento; Lenin sostenía que ciertamente el parlamentarismo estaba agotado “históricamente”, en tanto el proletariado había creado una forma superior de representación política como eran los soviet. Pero que no estaba agotado “políticamente” en tanto seguía siendo, para la gran mayoría de los trabajadores y de los pueblos del mundo en general, el mejor sistema para elegir los organismos de conducción política de un país.
De estas premisas, Lenin sacaba la conclusión de que, en tanto se estuviese en régimen de legalidad abierta en los países capitalistas, los comunistas debían obligadamente participar de las elecciones al parlamento. De ahí en más, para las organizaciones que se identificaban con la revolución de octubre, la importancia de la “minoría bolchevique en la Duma” preconizada por el líder ruso, fue casi un axioma indiscutible.

Sabido es también que el otro gran tronco del movimiento revolucionario, el anarquismo, nunca aceptó la validez de esta orientación frente al parlamentarismo capitalista, pero parece por lo menos ocioso establecer hoy una discusión sobre la aplicación de una táctica en las circunstancias históricas de hace 100 años. Importa mucho más pasar revista sintéticamente al papel jugado por las instituciones “democráticas” del sistema capitalista a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI.
En ese tiempo la democracia capitalista fue republicana o monárquica, presidencialista o parlamentarista, con presidente o con primer ministro, con infinidad de variantes en su funcionamiento y compartiendo elenco con formas de “democracia directa” (referéndums, plebiscitos, iniciativa popular) y hasta se dio el lujo de “refundarse” con diversas experiencias de Asambleas Constituyentes en las que se desplegaba la ficción de “barajar y dar de nuevo”.
En el tiempo transcurrido desde entonces, la democracia capitalista tuvo tiempo y espacio de sobra para desplegar a lo largo y ancho del planeta sus posibilidades y permitir al conjunto de las organizaciones del Pueblo Trabajador, sacar conclusiones bastante realistas sobre la utilidad de trabajar en ella en beneficio de la superación del capitalismo y la emancipación de las grandes mayorías explotadas y oprimidas. En ese plano, debemos forzosamente consignar su absoluta inutilidad ya no para abrir un curso de transición hacia un nuevo orden social, sino para mejorar sustantivamente, desde el punto de vista material y espiritual el nivel de vida del Pueblo Trabajador, además de derrumbarse como castillo de naipes cuando las dictaduras militares empezaron a asolar sistemáticamente los países de la periferia y algunos del primer mundo (España, Portugal, Grecia). La forma en que terminó la “vía chilena al socialismo”, nos exime de mayores comentarios respecto a los límites de las instituciones del régimen capitalista.
Tampoco en rigor funcionó la “caja de resonancia” que algunos le atribuyen a lo que allí se denuncia, y en todos los casos la presencia en mayor o menor número de “tribunos del pueblo”, no modificó en absoluto su papel, y si hubo parlamentarios que fueron asesinados, fue por su compromiso personal con la causa de la libertad y no por el peligro que implicaban los lugares de representación que ellos integraban.

Hoy, más de un siglo después, más que apelar a fórmulas, tácticas y orientaciones pensadas para otro tiempo histórico y para otra configuración del capitalismo, los revolucionarios deberíamos sacar todas las conclusiones de la experiencia acumulada, y además caracterizar adecuadamente las perspectivas que tienen los ámbitos desde los cuales las clases dominantes desarrollan su dominación política, los cuales ya dejaron atrás hace tiempo su etapa de expansión y pujanza.
Parece claro que no solo los pueblos van paulatinamente desencantándose de las posibilidades de cambios reales a través de las “instituciones democráticas”, y van marcando una tendencia al abstencionismo, sino que la propia élite dirigente ha ido corrompiendo en los últimos años sus lugares de legitimación, con diversos mecanismos que le permiten saltearse, tergiversas o ignorar su propia legalidad.
En una etapa histórica en que el capitalismo vive una fase depredadora, parasitaria y mafiosa; es lógico que sus instituciones reflejen esa decadencia y se les dificulte cada vez más reproducir las ficciones de “libertad” e “igualdad”, por eso no comprendemos la insistencia de organizaciones como la UP o el PT en esa orientación táctica, que ponen en su posible entrada al parlamento, una expectativa que no se corresponde con lo que, nos parece, son las posibilidades reales de incidir, hoy, desde allí.
Naturalmente que, descontamos la mejor intención en la mayoría de los compañeros, pero los desafíos que tenemos por delante nos obligan a no hacer la mínima concesión en estos temas, e invitamos a estas organizaciones a debatir seriamente la intervención en el curso histórico actual.

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Publicado en CONSTRUYENDO N°56. Agosto de 2014

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