Revolución Rusa: Octubre 1917: Cuando todo parecía posible

“Y esa fue la clave de su triunfo: los bolcheviques lograron movilizar a un ejército sensacional formado por las clases populares.”
(Moshe Lewin, “El siglo soviético”. Editorial Crítica, Barcelona, 2006)



Un nuevo “aniversario” de la revolución rusa escapa, en el mundo actual, a las conmemoraciones rituales. Ni estatuas para adorar, ni desfiles marciales en la Plaza Roja. La vieja Rusia fue restaurada sobre los escombros de la ex Unión Soviética. Al derrumbe de todos los muros no le siguió una “revolución política” que, liderada por una clase obrera conciente, auto-organizada y movilizada, condujera a una verdadera democracia socialista. Todo lo contrario. De la mano del reciclaje burocrático, se abrieron las compuertas a una instauración del “libre-mercado” que, bajo sus formas más brutales y mafiosas, beneficia al imperialismo y las grandes corporaciones capitalistas. Desilusión entonces. Pero una desilusión que es condición de verdad, de combate por la verdad. Para explicar aquel “acontecimiento” que, Jean Jaurés, no vaciló en catalogar como una revolución que delimitó, radicalmente, “intereses inicialmente confundidos”. Para entender lo que perdura todavía hoy en la lucha emancipatoria del comunismo. Es en este sentido que Octubre 1917 vuelve a interpelarnos.
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Una revolución desde abajo

Ernesto Herrera
(Colectivo Militante)

El desarrollo del proceso revolucionario entre febrero y octubre de 1917, demostró que se trataba de la asimilación acelerada de una experiencia política y social a nivel masivo, de una metamorfosis de las conciencias, de un desplazamiento constante de las relaciones de fuerzas.
En su magistral Historia de la Revolución Rusa, Trotsky analizó minuciosamente esta radicalización: elecciones sindicales y municipales, huelgas, comités de fábrica, manifestaciones, asambleas de soldados y campesinos, centenares de publicaciones diarias. El “pueblo” en estado de plena insubordinación. Las masas trabajadoras que, rechazando toda auto limitación a su emancipación y sintiéndose dueñas del Estado y de las calles, ya no estuvieron dispuestas a permanecer sumisas en las empresas y a seguir siendo explotadas.
Lejos de ser una “conspiración minoritaria”, la insurrección de Octubre, representó la conclusión y el desenlace de una prueba entre fuerzas sociales enormes que fue madurando a lo largo de todo el año 1917, durante la cual el ánimo de las masas “plebeyas” se encontró siempre a la izquierda de los partidos y sus estados mayores.
Si se entiende por revolución un impulso de transformación venido desde abajo, de las aspiraciones profundas de las masas populares, y no de la realización de algún plan maravilloso imaginado por una elite ilustrada, no hay duda de que la rusa fue una revolución en el pleno sentido de la palabra. Basta con compulsar las medidas legislativas tomadas en los primeros meses y el primer año del nuevo régimen para comprender que significaban un cambio radical de las relaciones de propiedad y de poder, a veces más rápido de lo previsto e incluso, más allá de lo deseable, bajo la presión de las circunstancias.
El paisaje tan auténtico de una revolución social, hasta en los detalles de la vida cotidiana, se hizo ver en los extraordinarios relatos de la época: en Odessa, los estudiantes dictan a los profesores un nuevo programa de historia; en Petrogrado, los trabajadores obligan a sus patrones a aprender el “nuevo derecho obrero”; en el ejército, los soldados invitan al capellán militar a su reunión para “dar un nuevo sentido a la vida”; en algunas escuelas, los niños reivindican el derecho al “aprendizaje del boxeo para hacerse oír y respetar por los mayores”.
Este impulso revolucionario se tradujo en medidas que transforman la vida de millones de personas: el poder judicial es suplantado por “tribunales populares” electos; el aborto pasa a ser legal y gratuito; las guarderías infantiles públicas se multiplican; las mujeres adquieren los mismos derechos que los hombres y estos las mismas obligaciones familiares que las mujeres. Se suceden las reformas escolares y pedagógicas, la invención cinematográfica y gráfica, las utopías urbanas.

Partido de vanguardia y de masas

Aunque los bolcheviques constituían tan sólo el 13% de los delegados en el congreso de los Soviets en junio, las cosas cambiaron rápidamente tras las jornadas de julio y la tentativa de golpe contrarrevolucionario del general Kornilov: ya en octubre representaban entre el 45% y el 60% de los delegados en los Soviets.
Entre los meses de febrero y octubre de 1917, el partido bolchevique se convirtió en un partido de masas, aglutinando a la vanguardia del proletariado: los dirigentes de la clase, reconocidos como tales por ella. Su número de “revolucionarios profesionales” (de permanentes) era extremadamente reducido. Este partido de masas (el menos burocratizado que jamás se haya conocido), apenas contaba con 700 permanentes de un total de entre 250 mil y 300 mil miembros.
Funcionaba, además, de manera marcadamente democrática: los debates y las diferencias de opinión eran numerosas y, en términos generales, se expresaban públicamente, en la prensa del partido, en los mítines, en los Soviets.
Esta libertad de opinión (en un partido que hasta 1921 admitió el derecho de tendencia y de fracción), no sólo concernía a unos cuantos dirigentes que, a veces en minoría, se expresaban públicamente, sino incluso en periódicos separados. Tocaba también a organismos enteros del partido. De esta manera, durante varios meses de 1917, el comité del partido en el distrito obrero de Viborg, envió a sus propios agitadores a la flota del Báltico para oponerse a los dirigentes del comité del partido en Petrogrado, considerados demasiado “tolerantes” frente al Gobierno Provisional de Kerensky.
Ese partido, concebido por Lenin como el instrumento para la organización de la revolución, estaba sólidamente implantado en la sociedad rusa. Su legitimidad popular era incontestable. Esa legitimidad, le permitió organizar y planificar la insurrección a casi la luz del día, apoyándose en el “doble poder” que ya ejercían los Comités de Fábrica y los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos.
Fue entonces que el 25 de octubre (según el calendario juliano), pudo realizarse el derribamiento “técnico” del moribundo antiguo régimen: las milicias del “Comité Militar Revolucionario”, presidido por Trotsky, tomaban por asalto el Palacio de Invierno.

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Situación y crisis revolucionaria

Valério Arcary
(Revista Octubre – Brasil)

En Lenin, una situación revolucionaria se puede precipitar - como ocurrió en la mayoría de las oportunidades históricas - antes incluso que las organizaciones revolucionarias tuviesen una influencia de masas mayor. En otras palabras, sería la gravedad del cataclismo político-social, provocado por la crisis económica, el desabastecimiento, por la guerra, por la exasperación contra una dictadura, u otras circunstancias, que empujaría a grandes multitudes populares hacia acciones revolucionarias para derrumbar al gobierno de turno.

¿Cómo definir una situación revolucionaria, o una crisis revolucionaria y, de modo más general, una revolución? En Lenin, los tres conceptos fueron usados para definir realidades inseparables, pero conceptos que se remiten a momentos distintos de la lucha de clases y categorías diferentes del análisis político. Defendía, por supuesto, que el papel de los revolucionarios, organizados como un partido en la lucha por la dirección de las masas, podía ser decisivo para el triunfo de la revolución. Colocaba el énfasis, en tanto, en el análisis de la situación revolucionaria como siendo uno de los tiempos de la lucha de clases, entendido como un momento excepcional en la vida de las naciones, como intervalo histórico en que la lucha de los explotados y oprimidos desafía la dominación política de tal manera, que abre una “crisis nacional”. Invocaba, en ese sentido, toda la tradición marxista que diferenciaba el lugar histórico objetivo del sujeto social - el bloque de clases interesado en la revolución - y el papel político subjetivo de la dirección, o partido, o partidos comprometidos en la lucha revolucionaria.
Una definición clásica de situación y crisis revolucionaria, es la que Lenin presenta en La bancarrota de la Segunda Internacional. En ese ensayo fue introducida, por primera vez en el debate marxista, una diferenciación entre la jerarquía de los factores objetivos y subjetivos. El protagonismo activo y militante de las masas es destacado por Lenin como condición sine qua non, anterior y más importante que la profundidad de los elementos objetivos, como la gravedad de la crisis socio-económica o de otra catástrofe:
“Para un marxista, no hay duda de que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria, pero no toda situación revolucionaria conduce a la revolución. ¿Cuáles son, de manera general, los indicios de una situación revolucionaria? Estamos seguros de no engañarnos si indicáramos los tres principales puntos que siguen: 1) imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominación de forma inalterable (…); 2) agravamiento, más allá de lo común, de la miseria y de la angustia de las clases oprimidas; 3) desarrollo acentuado, en virtud de las razones indicadas anteriormente, de la actividad (…) para una acción independiente”.

Sujeto social y sujeto político

La definición de la situación revolucionaria está anclada en la maduración de los factores objetivos, pero el pasaje a la revolución, es presentado por Lenin como un sinónimo de crisis revolucionaria o el momento en que la disputa por el poder es posible. Es aquí donde entran a jugar los factores subjetivos. Es decir, una disposición para acciones suficientemente vigorosas para quebrar al gobierno y derrumbarlo, para cruzar la frontera entre la protesta de masas, y las movilizaciones objetivamente insurreccionales. La centralidad de esos factores objetivos, ya supone un cambio en las relaciones del sujeto social y sus representaciones políticas.
Escrito en 1920, como parte del esfuerzo de divulgación de la experiencia bolchevique de construcción de un partido marxista revolucionario con influencia de masas, el ensayo de Lenin pone el énfasis en la importancia estratégica del concepto de situación y crisis revolucionaria; de la “fusión” del sujeto social con el sujeto político; de lo esencial de la auto-actividad de las masas.
Sin embargo, como podemos constatar, la fórmula de Lenin guarda una cierta incógnita, porque los dos factores de la situación revolucionaria - crisis social y movilización radical del movimiento de masas - pueden estar desarrollados desigualmente. Para ser más precisos, es necesario decir, que los factores de una situación revolucionaria siempre maduran de manera única y no se repiten. Las revoluciones son una sorpresa histórica, esto es, son “idiosincrásicas”. Porque la proporción en que cada factor está más maduro o más atrasado, resulta de combinaciones histórico-políticas singulares. Así, siempre es indispensable en el análisis de cada proceso, descubrir su originalidad, sus fuerzas y flaquezas.
Tanto la crisis, como fenómeno objetivo (catástrofe socio-económica, guerra, etc.), como la disposición subjetiva de los sujetos sociales (huelgas, ocupaciones, manifestaciones) pueden ir madurando en ritmos desiguales, en proporciones diferentes, y cualquiera de uno de los factores, podría preceder y prevalecer sobre el otro.
Lenin (y finalmente los bolcheviques) entendieron esta relación dialéctica para operar, táctica y estratégicamente, en el decisivo período de febrero-octubre de 1917.

Publicado en Construyendo Nº 27 - octubre de 2007

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