Che Guevara: Revolucionario de nuestra época

Cuarenta años después de su muerte, el Che sobrevive. Más allá del mito, de la venta de su figura, de la chapa oficial de “héroe”. Sus ideas tuvieron (tienen) el valor de haber revalorizado un marxismo vivo y abierto. Sus concepciones éticas y humanistas son hoy – cuando el capitalismo compra todo lo que toca – profundamente subversivas. Tal vez aquí, se encuentren las razones de su permanente regreso insurgente.



Se conocen mejor hoy la vida y la muerte del Che. Pero falta mucho a descubrir en él. Por ejemplo, numerosos escritos políticos que todavía permanecen desconocidos. La brevedad de su vida política (trece años entre el golpe de la CIA contra Arbenz en Guatemala y su caída en Bolivia, ocho años en Cuba, seis de ellos después de la victoria revolucionaria), y la aceleración brutal de la historia que lo tenía como activo protagonista, hacen más compleja la “interpretación” de su vital recorrido revolucionario.
Aunque negara ser un teórico y jamás hubiera pertenecido a un partido político antes de su compromiso con Cuba, todos los testimonios y biografías están de acuerdo en una cuestión: en la Sierra Maestra, igual que en el momento de la toma del poder, fue uno de los principales inspiradores – incluso el principal – del curso radical seguido por la revolución. En los años posteriores, su conciencia política iba a continuar evolucionando ininterrumpidamente.
Ruptura radical con el reformismo
Cuando se habla de la aportación del Che a la teoría revolucionaria, se suele pensar sobre todo en la táctica y la estrategia militar de la revolución. Sin despreciar ni mucho menos estas aportaciones, la realidad es que el guevarismo es mucho más que un conjunto de ideas sobre la guerra de guerrillas.
Su marxismo revolucionario, desembarazado de dogmas deterministas, no solamente implicó una denuncia de la falsificación burocrática de los partidos comunistas. Significo, sobre todo, una ruptura radical con la estrategia reformista de la “revolución por etapas”. Ruptura expresada en tres puntos esenciales, cada uno de ellos opuesto por el vértice a principios básicos del reformismo: 1) la revolución no solamente es necesaria, también es posible; 2) la tarea central de los revolucionarios es destruir el ejército enemigo; 3) las burguesías “nacionales” no tienen ninguna capacidad de enfrentarse al imperialismo y sólo forman su furgón de cola. A diferencia de los reformistas, el sentido de la urgencia, de la impostergable tarea de “hacer” la revolución, de luchar junto a las clases oprimidas, estaba en el centro del pensamiento y la acción insurgente del Che. Una urgencia revolucionaria que, como nunca, tiene plena actualidad. Tanta, como aquella inapelable sentencia suya: “revolución socialista o caricatura de revolución”.
En efecto, la estrategia revolucionaria como horizonte irrenunciable. Opción por la lucha armada en la confrontación con el Estado y las clases dominantes. Rechazo a las alianzas conciliadoras entre explotados y explotadores. Carácter continental e inseparable de la lucha antiimperialista y anticapitalista, Es decir, por la liberación nacional y el socialismo.
Internacionalismo como deber y necesidad
Crítico agudo del “socialismo real” encarnado en los regimenes estalinistas. En su “Discurso de Argel. El internacionalismo no tiene fronteras” (1965), se permite cuestionar a las burocracias gobernantes, a quienes acusa de ser “cómplices de cierta manera de la explotación imperialista”. Les reclama a los “países socialistas” la solidaridad incondicional con las luchas revolucionarias de los pueblos oprimidos del mundo. De esta manera, el Che demostraba tener una concepción integral de la dinámica de la revolución mundial de su época. Por primera vez en mucho tiempo, un dirigente comunista de dimensión internacional, trataba de esbozar una estrategia revolucionaria internacional que no fuese en función de los intereses de un Estado.
Al mismo tiempo, entendió el internacionalismo como una necesidad “interior”, para transformar la conciencia y construir el “hombre nuevo”. Y la vanguardia es la que más debe responder a esta necesidad: “Si su afán revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local, y se olvida del internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno”. Para el Che, “No puede existir el socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal frente a la humanidad (…) en relación a todos los pueblos que sufren la opresión imperialista”.
Un Che sin censuras
Hombre de convicciones, comandante militar, poeta fracasado, pensador insurrecto, ministro y guerrillero. Simboliza el desprecio a los privilegios del poder y el rechazo a todos los oportunismos. Rehabilitando la militancia política. No hubo, no hay “modelo” guevarista de construcción de la nueva sociedad. Sino búsqueda incansable de otro modo de organización social, en la experiencia de la “transición socialista”. Al servicio de los de abajo, de los jodidos, de los parias, en fin, de “los condenados de la tierra”, según aquellas palabras de Frantz Fanon.
Antidogmático por excelencia, libertario en sus concepciones, antiburocrático en la gestión, coherente en lo moral, el Che reivindica la preponderancia casi excluyente de la democracia socialista y la participación activa de las masas. Decisivas para la acción organizada y planificada que permite superar los obstáculos reales que hay que combatir: el egoísmo individual, las relaciones mercantiles, el subdesarrollo, las deformaciones propias heredadas del capitalismo.
Reivindicar al Che, sin religión ni manual, exige de un pensamiento de izquierda subversiva, rebelde, sin adhesiones ciegas. Porque no fue ni santo, ni superhombre. Ni jefe infalible, ni Robin Hood rojo. Fue un hombre como los otros, con sus fuerzas y sus debilidades humanas. Sus convicciones y sus incertezas. Tanto en su vida política como en la personal y familiar.
Para nosotros, jóvenes militantes, recién llegados a la militancia política, la trayectoria del Che está asociada a la idea de rebeldía. Y a mucho más. En tiempos de travestismo “progresista”, en donde los principios políticos se diluyen en posibilismo, negociación y transa, el Che es la perseverancia de las convicciones, el reclamo de los principios, la insobornable terquedad.
Por eso, lo menos que le debemos al Che, es contar bien sus historias. Sin censuras de ningún tipo, ni por razón alguna. También se lo debemos a aquellos miles de manifestantes que en un Montevideo de principios de los años `60, según relatan viejos compañeros, lo recibieron al grito de lucha: “Guevara ha llegado, la mascarada ha terminado.”
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En 1968, un joven húngaro, Miklós Harazsti, sintetizó en un poema lo que llamó:

Los errores del Che *

1. Subjetivismo: como no conocía las leyes de la administración nunca pudo afirmar su popularidad sobre bases objetivas. Para acallar los rumores en los mítines informaba a las masas los secretos de los dirigentes.
2. Complicidad: estaba muy de acuerdo con los norteamericanos, se tienen indicios seguros de que mantenía una complicidad objetiva con ellos. Por ejemplo, quería tantos Vietnams y ni uno menos que los norteamericanos.
3. Hipocresía: era un impostor ya que ni siquiera creía en la fuerza de sus propias ideas. Nunca se cansaba de afirmar que no habrá revolución y que no hay revolución si ninguno la hace.
4. Izquierdismo: predicaba una moral del trabajo por el trabajo, pero a decir verdad negaba obstinadamente que el reconocimiento de todos cuyo el símbolo es el dinero, no estimule para actos heroicos.
5. Aventurerismo: justo en la mitad de su carrera abandonó a su familia, una familia numerosa, prefiriendo los gestos espectaculares a los honorables cargos de médico, banquero, ministro, al título venerable de ex combatiente.
6. Revisionismo: se decía marxista pero curiosamente ignoraba lo que el humanismo comprueba desde hace dos mil años. A saber: que quien por las armas combate, por las armas muere.
* Poema citado por el escritor argentino-mexicano, Adolfo Gilly, en el libro “La ruptura en los bordes”.

Publicado en el Construyendo Nº 27 - Octubre 2007

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